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Es difícil identificar con certeza el inicio o el final de un hecho político. Los historiadores saben ubicar hitos o momentos de quiebre que parecieran indicar el final de un capítulo y el inicio de otro, pero son elementos subjetivos que siempre podrán encontrar debate. 

Manuel Rosales es uno de estos casos de discusión. Aunque la prolongada carrera de Rosales da para un perfil extenso, en la psiquis venezolana su momento de máxima relevancia política fue en el año 2006: el momento en el que la oposición venezolana comenzó a construir la base del capital político que alcanzó su pico una década después.

La candidatura Rosales a la presidencia, lejos de ser exitosa, fue el primer paso que permitió a la oposición a Hugo Chávez demostrar que el país estaba lejos del control social que pretendía. Lo que en su momento se esperaba de Henrique Salas Romer, candidato presidencial que perdió frente a Chávez en 1999, quien desapareció y dejó a la oposición sin un rumbo claro por varios años, lo hizo Rosales. 

Su derrota fue su victoria, su fracaso como candidato fue la primera muestra de una oposición cohesionada y con un norte. Rosales no ha sido ni probablemente nunca será el líder más carismático o poderoso capaz de generar la transición que muchos venezolanos esperan, pero en el camino a su avasallante derrota en 2006, se tejieron los primeros hilos de la nueva oposición que sí estuvo cerca de hacerlo. 

Hoy presentamos el File de Manuel Rosales, la primera piedra en la reconstrucción de la oposición.

El lugar correcto, en el momento equivocado

En las construcciones, la piedra angular es la que está al fondo y sobre la que todas las siguientes se apoyan para erigir la edificación. Define la posición y forma de la estructura. En política no es tan simple, porque Rosales nunca estuvo solo y muchos de los líderes que vemos hoy estaban trabajando desde antes.

Sin embargo, él fue la cara del movimiento en ese momento. Y para bien o para mal, asumió el reto que probablemente muy pocos hubiesen querido asumir.

2006 hubiese sido un año difícil para ser candidato opositor para cualquiera. Hugo Chávez venía fortalecido por un cúmulo de victorias políticas y no políticas: aumento sostenido de los precios del petróleo a niveles históricos, su regreso al poder luego del levantamiento en 2002, su victoria en el Referéndum Revocatorio de 2004 y la abstención de la oposición en 2005 para las elecciones legislativas. 

2006 comenzaba no solo con una oposición menguada, sin liderazgo y dividida, sino que además lucía estratégicamente incongruente su intento de competir en las elecciones presidenciales de 2006 cuando acababan de no presentarse a las de la Asamblea Nacional un año antes. 

El vacío y desánimo opositor a Chávez era tal, que la idea de hacer primarias para seleccionar un candidato quedó descartada por el poco entusiasmo que despertaban las potenciales opciones. Teodoro Petkoff o Julio Borges sonaban como opciones, pero estaban lejos de despertar el entusiasmo necesario para encarar la difícil elección. 

En ese contexto deprimido, surgió Rosales. Líder de un partido regional fundado en 1999, él excandidato venía construyendo una carrera política en el estado Zulia siendo diputado, alcalde de la capital, y luego gobernador por 8 años. De entre las pocas esperanzas que había para depositar la esperanza en alguna persona, al menos Rosales había consolidado un apoyo mayoritario en uno de los estados más grandes del país y podía intentar llevarlo al plano nacional. 

Después de todo, el Zulia era uno de los estados bastiones de la oposición que eludía el control de Chávez. 

La derrota como punto de partida

La ilusión que ocultó las pocas probabilidades de una victoria de Rosales, alentó la decepción que, sin embargo, marcó el inicio de un sendero político que fue socavando el apoyo popular de Hugo Chávez. 

La candidatura de Rosales obtuvo un resultado, cuanto menos, mediocre. Los números así lo reflejan: obtuvo un 36% de los votos frente a un 62% de Hugo Chávez. Para los parámetros modernos electorales, fue una paliza. Una de las mayores en la historia de Venezuela. 

La campaña de Rosales estuvo llena de inconsistencias y medidas efectivas y populistas que poco hablaban de su visión de país. La más famosa fue su propuesta de crear la tarjeta “Mi Negra”, una especie de subsidio directo para prometer dinero a los más pobres. Sus meetings electorales estuvieron llenos de frases que quedaron en la historia de la política venezolana, pero no por las razones que Rosales quisiera. Todavía hoy hay quienes recuerdan cuando dijo “si me matan, y yo me muero”. Aunque para ser justos, el reto que le pusieron en la mesa era casi buscar un milagro.

En 2006 la oposición contaba con la clase media y poco más en su capital electoral. Rosales no demostró cómo podían ganar, pero si demostró por qué estaban perdiendo. Ahí que su mala fortuna fuese el sedimento en el que la Mesa de la Unidad Democrático germinó.

Luego de 2006, surgieron los Henrique Capriles o Leopoldo López que energizaron una oposición más joven, más plural y más sólida. En 2012, la Mesa de la Unidad Democrática había construido sobre los avances logrados en las elecciones de la Reforma Constitucional -única victoria opositora contra Chávez-, las elecciones de gobernadores y alcaldes de 2008 y la Asamblea Nacional 2010; por ello, lograron hacer una primaria con varios candidatos y, entre ellos, el pupilo de Manuel Rosales en el Zulia: Pablo Pérez. 

Rosales no ha sido protagonista y desde entonces juega un papel secundario en la oposición. Incluso sus controversias han sido historias menores en el gran panorama venezolano. 

Estuvo en el exilio desde Perú desde 2009 luego de que el régimen de Chávez lo acusara de enriquecimiento ilícito. Volvió en 2015 a Venezuela y fue detenido; en 2017 fue misteriosamente le quitaron la inhabilitación política e intentó retomar el liderazgo en el Zulia, pero no lo logró. 

En los últimos años ha apoyado a Juan Guaidó y ha puesto su partido al servicio del Gobierno Interino, frente al régimen de Maduro. 

En la oposición hay quienes desconfían de él, alegando que es extraño que un líder opositor que verdaderamente busque la salida del régimen de Maduro goce del perdón que le dieron en 2017. 

Más allá de su menguada relevancia política en el presente, Manuel Rosales fue la cara de ese choque desfibrilador que, intencionalmente o no, revivió la capacidad movilizadora de la oposición que creció hasta demostrar que era una alternativa de poder. 

La historia probablemente fuese muy distinta sin él. 

Hasta el próximo file.

Investigo lo que me gusta y me gusta lo que investigo, casi siempre las instituciones del Estado.

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